viernes, 3 de julio de 2015

¿Es posible convencer a un cazador de lo cruel que es la caza?

Mi padre, un hombre que ha pasado toda su vida en un pequeño pueblo de Cuenca, donde la caza es el pan de cada día, ha conseguido entender que lo que para él parecía divertido era realmente una crueldad.

Considero que lo principal cuando hablamos con cazadores, si nuestra intención es hacerles ver lo cruel de ese “deporte”, si es que se puede llamar deporte, no es echarles en cara lo insensibles que son o lo que un conejo, perdiz, liebre… puedan sentir, porque se echarían a reír, sino hacerles ver que son seres iguales que nosotros que no quieren morir por la diversión de unas cuantas personas. 

Yo he tenido que ver cosas bastante desagradables cuando un domingo volvía mi padre con un conejo muerto, aunque debo decir que dentro del mundo de los cazadores, obviando la parte de que lo hacen por diversión y no por necesidad, están los cazadores que se llevan lo que cazan y lo preparan para comer y están los otros cazadores que después de disparar, dejan ahí al animal muerto.


Los inicios de mi insistente intento para instigar a mi padre a abandonar la caza:

Cuando yo ya era consciente de la crueldad que conllevaba la caza, empecé a insistir en que mi padre aparcase la escopeta. 

Una vez al recibir la carta de la caza, la abrí, la leí y la tiré esperando que así no se pudiera enterar. Otra vez al verle llegar con un conejo le dije que qué daño le podría haber hecho ese conejo a él para haberlo matado, me respondió lo típico de las cosechas, y le contesté: “pero tú has acabado con su vida, no con su comida”. En otra ocasión, hablando del tema le dije que si nunca se había parado a pensar el dolor que debían sentir, porque si disparan y aciertan en el primero tiro, es asegurado que mueren en el acto, ¿pero qué pasa si solo alcanzan a darle en una pata? Le dije que si era capaz de seguir cazando después de escuchar los chillidos de dolor de un animal inocente, y no pudo responderme. Estos son tan solo dos ejemplos de las múltiples veces que he insistido en el tema.

Él siempre ha alardeado de una de mis perras, la cual sí ha utilizado para cazar, la primera y última perra usada para cazar desde que yo tengo uso de razón, por la cual se nos ofreció dinero, porque era muy buena cazando. Con esto quiero que se vea que no solo sufren los animales que son cazados, sino también los perros considerados “de caza” (que eso es un nombre aportado por los humanos) ya sea porque son tratados como objetos y cuando no valen se deshacen de ellos o en nuestro caso, porque querían comprar a mi perra, a lo que evidentemente jamás se aceptó.

Mi perra fue tratada como una reina, pero llevada obligada a cazar, ella no atacaba nada que se cruzase en su camino, era el animal más dócil que se pueda imaginar, excepto cazando ya que así había sido educada. Cuando mi perra se hizo mayor y cada vez aguantaba menos, aproveché para pedirle que dejarla de llevarla, ya que ese mundo ya se quedaba muy grande para ella y para intentar que él mismo pensara que tal vez, ese mundo ya se había quedado grande también para él. Mi sorpresa pero a la vez alegría fue que dijo que sí, que dejaría de llevar a mi perra, que tal vez llevaba razón en lo que decía. Ya se iban viendo los frutos de todo lo que había estado sembrando, por fin empezaba a admitir que matar animales por diversión no era tan divertido y que probablemente “dejaré la caza cuando se cierre la veda”. 

Exactamente así fue, acabó ese nefasto período de caza y la dejó. ¡¡La mayor alegría fue cuando me pidió que le acompañase a la Guardia Civil a entregar el arma, porque quería que yo estuviera presente!!

Por desgracia, meses después de que mi padre dejase la caza, nuestra perra falleció de una enfermedad que no se pudo curar, y aunque haya pasado más de un año, siempre la vamos a recordar, no como la perra tan buena de caza, sino como SANUN, mi perra con la que me he criado desde que tenía 7 años.

Ahora, alrededor de un año y medio desde la última vez que mi padre disparó una escopeta, tenemos a dos preciosas perritas adoptadas, las cuales no saben lo que es ir al campo a cazar, sino salir al campo a correr, jugar y ensuciarse cuanto más mejor. Y esto es lo que todos los perros deberían sentir.




Para acabar, haré una reflexión con respecto al inicio:

¿Es posible convencer  a un cazador de lo cruel que es la caza? La respuesta es: sí, siempre que seas perseverante.

Conseguir que una persona adicta a la caza, hasta el punto de hacer horas extra para después tener su ratito libre e ir a cazar, deje por completo de lado ese mundo es costoso pero no imposible. 

Yo lo conseguí.



Sonia F.

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